martes, 7 de junio de 2011

Del amor al odio hay un solo paso


No todas las relaciones comienzan igual, pero casi todas terminan de la misma forma. Dos personas que en algún momento se amaron y ahora se odian.

Normalmente se conocen y sienten algo extraño, la otra persona les llama la atención, ¡muy bien! Otras son un poco más intensas y sientes nervios en el estómago, mal llamados: mariposas, les sudan las manos y se ponen tan nerviosos que se les nota a leguas. Actualmente, con el avance de la tecnología y toda la cosa, hay personas que se “gustan” desde el primer tweet; su mundo comienza a girar en torno de lo que la otra persona publica y todos las menciones que hace son para él o ella.

En fin, intercambian números o pin y comienzan a escribirse o llamarse todo el tiempo. Se dan los buenos días, buen provecho, buenas tardes, buenas noches y una que otra vez lanzan una punta para ver si esa otra persona la agarra. Comienzan a ir al cine, a tomar té, café, beber, bailar o cualquier excusa que se les pase por la mente para verse.

En algún momento comienzan a besarse y allí se complica un poco la cosa. ¿Será que va pendiente de algo serio? ¿Será que me está tomando como un pasatiempo? ¿Será, será, será…? ¡Ojo! Esto no les pasa a todos. Hay personas que deciden “mientras va viniendo, vamos viendo” y disfrutan de la compañía del otro.

Se enseria un poco más la cosa y comienzan a salir con los panas, para ver si le dan el visto bueno a esa persona. A unos les caen bien, pero a otros no tanto. Al final eso es lo de menos porque quienes deciden son los que están saliendo, ¿no?

Se hacen novios y empiezan a tener detalles. No pueden despertarse sin darse los buenos días y tampoco pueden irse a dormir sin escuchar sus voces antes de hacerlo. Le presentan a la familia. Comienzan a tener sexo – esto varía mucho. Hay unos que comenzaron a tenerlo hace mucho tiempo, otros un poco después y así-, no pueden vivir el uno sin el otro.

Ya no son dos personas, sino que se convierten en una. Comienzan a sacarle el “culo” a los panas para verse. Los amigos empiezan a molestarse porque el o la pana ya no son los mismos. Ahora está dominado por el cuaimo o cuaima, entre otras cosas que se dicen. Comienzan los celos porque X o Y le escribe mucho, porque salen, porque los llama, en fin… casi que porque alguien externo a su relación le respira al lado a tu “alma gemela”.

En este punto las dos personas se comienzan a fastidiar y empiezan a hacer cosas sin pensar en las consecuencias de sus actos o conociéndolas muy bien, solo por molestar o para ver hasta dónde llega la cosa. Se dejan de escribir porque están ocupados. Se dejan de llamar porque no tienen señal o saldo. Ya las cosas no son lo mismo.

Siguen teniendo sexo o haciendo el amor, depende del gusto del consumidor, pero saben que la relación se ha enfriado. Muchas veces usan el sexo como forma de reconciliación y lo disfrutan, pero ¿Y después?

Ya los estragos de tanto peo y tanta cosa llegan a la cama. El sexo ya no soluciona las cosas. Cada vez se sienten más distantes; da lo mismo si están en una cama King, Queen o en una individual. La distancia emocional que los separa no se mide por la cama en la que se acuestan o la separación de sus cuerpos.

Deciden seguir porque ya tienen mucho tiempo o porque ya son parte de la familia y del círculo de amistades. Empiezan a molestarse por todo y por nada. Ya no les provoca salir juntos, pero Dios los libre si salen solos a joder con los amigos o amigas. Siguen los peos y empiezan a crear heridas que a veces se perdonan, pero que nunca se olvidan.

Vienen los cachos y bueno… No todas las parejas llegan a este punto, pero hay muchas que  sí. Algunos perdonan estas indiscreciones porque confunden la costumbre con el amor. Sí, en este momento ya no sienten amor después de todo lo que ha pasado, pero siguen allí dando las conocidas “patadas de ahogado” que no es más que los últimos respiros que da la relación para ver si vuelve a ser lo mismo que antes.

Cuando una relación llega a este punto no hay casi nada que la salve. Algunos terminan y al tiempo vuelven, pero se dan cuenta de que las cosas no son ni serán nunca como antes. Algunos tienen suerte y ambos cambias, pero otros no tienen ese chance y terminan odiándose.

Ahora hay que preguntarse ¿Hacía falta que las cosas llegaran a este punto? ¿No era mejor terminar la relación cuando comenzaron a sentir la distancia? O cuando dejó de importarles lo que pensaba o sentía el otro. Yo pienso que sí y por eso hoy en día soy amiga de mis ex. Muchos de ellos se han convertido en algo más que panas, no es que haya tenido 800 novios ni mucho menos, algunos se han convertido casi que en mis hermanos.

Siempre hay que sentarse y pensar con la cabeza fría en lo que estamos haciendo, en lo que sentimos y en las consecuencias de nuestros actos. Si eso se hiciera, no existiría tanto peo con esos ex que muchas veces nos hacen la vida imposible con el novio “nuevo” porque nos odian y no quieren vernos felices.

No hace falta estar en una cama grande para sentir a alguien distante, también puede pasar en una cama individual. 





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